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Conoce Marruecos a través de nuestras experiencias

Marruecos, toda una aventura

Marruecos es, sencillamente, otro planeta, ¡parece mentira que estés tan cerca!.

Información general

“As-salamu alaikum” (“La paz sea contigo”)…

Será una frase habitual cada vez que te cruzas con alguien en Marruecos, es su manera de saludar y comenzar conversación. La hospitalidad, tanto árabe como bereber, es legendaria, y, si vas más allá, te alejas de los zocos de las grandes ciudades, y buscas la relación con aquellos marroquíes, la inmensa mayoría, que no viven del turismo, descubrirás personas generosas y cálidas, deseosas de abrirte sus puertas e invitarte a un buen té.

Marruecos es una pequeña parte de tu vida en la que atravesar palmerales y ciudadelas de adobe, a lo largo del Valle del Drâa; en la que subirte a las faldas del Toubkal, la cima (4.167 metros) más alta del Norte de África; en la que sumergirte en las Cascadas de Ouzoud o en las Gargantas del Todra; en la que jugar con un grupo de niños a las canicas, dentro de la Alcazaba de Taourirt;…

Lugares, situaciones y momentos que sólo se dan en Marruecos.

Salir –si te es posible- de las medinas de Marrakech, o Fez, o Meknes, paseando, dejándote perder en su laberinto, entre plazoletas, callejuelas y mezquitas con unas babuchas de cuero, una chilaba perfecta para el invierno, o un caftán de seda (vestido tradicional de las mujeres marroquíes), tras un intenso regateo con uno de los vendedores de sus zocos, y después de haber brindado juntos con un té verde a la menta, deliciosamente escanciado y servido por él.

Vivir el atardecer e imbuirte de todos los matices y estímulos de “La Place” principal de la ciudad de Marrakech: Djemaa el-Fna. Un zumo de naranja, una parrillada de kebabs (pinchos de carne), un khoobz (pan) recién horneado para ser empapado en lo que queda de la salsa del fantástico tajine (carne con verduras, estofadas en un recipiente de cerámica del mismo nombre) que has cenado, mientras el espectáculo perenne y ancestral de esta plaza renace, cada noche, lentamente frente a ti: algunos tocan sus Qraqebs (platillos musicales), otros cuentan cuentos a las multitudes; Los músicos y vendedores despliegan sus mejores bazas, los encantadores de serpientes o los adiestradores de macacos sonríen orgullosos con sus premolares de metal. Y tú abres bien los ojos, para no perderte nada.

Las dunas de Erg Chebbi son, en sí mismas, un motivo sobrado para llegar hasta las lindes occidentales del Desierto del Sáhara, al Este de Marruecos. Una travesía de unas horas allí en el lomo de un camello; contemplar cómo el Sol lo transforma todo, al esconderse, hasta donde alcanza tu mirada, en un mar dorado y rojizo; pernoctar bajo millones de estrellas en un campamento bereber; despertar, en tu propia haima, y desayunar dátiles boufeggou, miel y almendras. Y el tiempo se para.

Lugares, situaciones y momentos que sólo se dan en Marruecos.

“Shukran” (“gracias”); Aprende a decirlo, porque, sin duda, te vendrá la oportunidad muchas veces.

Antes de viajar

La temporada alta (lo precios en alojamientos y vuelos se incrementan en esta época) se podría considerar que transcurre de Noviembre a Abril; fundamentalmente, en Navidad, Año Nuevo y Semana Santa. De Mayo a Septiembre, hay descuentos en los hospedajes, zocos y servicios de hostelería; aunque, en la costa, se mantienen los precios, debido al turismo nacional.

Hospedarte en Marruecos, si lo haces en los lugares adecuados, ya es un placer inolvidable de por sí. Un fastuoso Riad (alojamiento tradicional), en el interior de una de las medinas medievales de algunos de sus pueblos y ciudades, es una experiencia que has de reservar antes de tu partida. Igualmente, no tardes en contratarlo, si tienes la posibilidad de dormir y relajarte en una Kasbah (enormes palacetes construidos, muchos de ellos en adobe, con todo lujo y detalle), o en un campamento bereber, protegido y acompañado, en ambos casos, por  las dunas del Sáhara, al Este del Atlas.

Desplazarse por Marruecos es relativamente sencillo. Existen vuelos regulares y de fiar para salvar las largas distancias entre el Norte y el Sur del país. Por tierra: los autobuses son baratos y eficaces (aunque los conductores, en ocasiones, “se aceleran”), los taxis compartidos –Grand taxis- son una buena opción en los recorridos cortos, y alquilar un vehículo es muy recomendable para moverte con libertad; pero conduce según las normas de circulación, manteniendo los límites de velocidad: Hay controles policiales y radares continuamente.

El 99% de la población marroquí es musulmana, por lo que se recomienda un absoluto respeto a sus hábitos. Vístete con decoro y, con tolerancia, “allá donde fueres, haz lo que vieres”.

Las tallas de madera o metal, las alfombras, los objetos de cuero y la joyería de calidad y fama mundial, se encuentran por doquier en los bazares y mercados al aire libre de casi todas las ciudades marroquíes. Nunca te quedes con el primer precio que se te dé, pero regatea de manera justa y con buenos modos; aceptando pagar una cantidad equilibrada, con la que ganéis tanto comprador como vendedor.

No es necesaria la compañía de los “guías espontáneos” que surgen tras cada esquina en las medinas. Es fácil perderse en ellas, pero también es sencillo reubicarse.

Motivos para visitar Marruecos

La laberíntica –hasta lo imposible-medina de Fez; la bella, encalada en azules y blancos, de Chefchaouen; o la de Marrakech y sus bulliciosos zocos. Enormes, desconcertantes, intactas, históricas,… llenas de vida y energía, no dejan impasible, y te trasladan a un Marruecos de objetos extraños, esencias y cueros, gentes de todo tipo y rincones enigmáticos:  mezquitas, callejuelas, tiendas, religión, gastronomía, arte… Todo.

En Djemaa el-Fna, tomar un café con cruasanes en una terraza, mientras decenas de artistas callejeros, vendedores, camareros, cocineros, cuentacuentos, espectadores y compradores convierten esta plaza de Marrakech en un lugar único en el mundo.

Partir de Ouarzazate, y la Alcazaba de Taourirt, para explorar la ciudad fortificada de Ait Ben Haddou (escenario real de decenas de películas y series), y  hasta el último rincón de El Valle del Drâa: Tamegroute, Timidarte, Agdz, Zagora, entre palmerales infinitos, castillos de adobe, escarpados acantilados, kasbahs y, sobre todo, la cultura nómada y milenaria, de hospitalidad casi sin límites, del pueblo bereber.

Divisar desde un camello las dunas de Erg Chebbi, y el contorno de tu propia sombra y la de tu compañero, dibujados en dorados y rojos, sobre ellas.

Visitar las ruinas y mosaicos romanos de Volubilis, envueltas por la hermosa campiña de olivares que se extiende bajo la sombra del Atlas Medio, al norte del país, después de haber conocido la relajante y cotidiana vida de las gentes de la ciudad encalada de Moulay Idriss (en la que hasta hace muy poco tiempo estaba prohibido pernoctar a los extranjeros).

Sudar y limpiarte, por dentro y por fuera, en las aguas y vapores de un Hammam (baños árabes tradicionales). En cada ciudad hay, como mínimo, uno.

Coger olas de infarto con tu tabla (o alquilada), en Agadir, meca del buen vivir y del surf, y los pueblos que la rodean en la costa atlántica. Sol asegurado durante casi todo el año.

Essaouira, al sur del país, es una buena razón para llegar hasta allí. No es fácil de describir; Quizás se podría hacer desde la visualización de una escena: “Junto a la medina, sus murallas y el mar, una mesita con una bandeja de sardinas a la plancha está esperándote. Más frescas es imposible. Te sientas frente al puerto de pescadores y al imponente torreón de piedra, la Puerta de la Marina, mientras los muecines, desde varias mezquitas cercanas, llaman a la oración.”

“Saha” es “que aproveche”. La cultura culinaria árabe es reconocida mundialmente; En Marruecos entenderás el por qué.

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